Quiero compartir con vosotr@s un artículo que me ha emocionado, tanto por su tacto como por su postura tan cercana a lo que ha sido mi realidad en los meses del puerperio. Una vez has tenido a tu hijo «se espera» (no sé exactamente quién) que «normalices» tu situación y que sigas con tu vida como si tu bebé fuera un adorno más de tu casa. Para mi, normalizar tiene más que ver con coger conciencia de tu nueva situación y adaptarte a tu nueva vida.
Os transcribo un trozo para que os animéis:
“El puerperio es una etapa naturalmente perfecta, una metanoia enriquecedora, vital, que lleva a la mujer a una depresión postparto. ¿Por qué una mujer sana y feliz se entristece cuando tendría que ser el mejor momento de su vida?. El parto le conduce a un desafío interior, a una búsqueda, a una reconciliación con lo no esperado (…), un cara a cara con una parte propia que rechazamos, en una sociedad en la que prima la adaptación al medio siguiendo unos patrones de comportamiento impuestos y no instintivos”
“Y superadas todas las dificultades, descubre que LA ENGAÑARON, que no fueron unos meses y vuelta a la normalidad, que ahora su realidad es radicalmente distinta y que tiene que adaptarse a otro ritmo que es el que él impone. Que es otra mujer distinta que poco tiene que ver con la que llevaba ese ritmo imparable y tenía las metas profesionales tan claras”
“Y te descubres a ti misma mirándote en los azulejos de la cocina mientras sostienes en tus brazos a tu hijo, ambos bailáis una melodía pasada de moda, porque has dejado de prestar atención a las tendencias actuales, has olvidado quien eras y qué querías en la vida, sólo tienes presente y ahora, agarras su pequeña mano mientras danzas en la eternidad el mejor baile de tu vida, y te das cuenta de que esto es la felicidad”
Acabo de terminar un libro ingenioso y divertido sobre la feminidad, la maternidad, el matrimonio… y cómo son las relaciones que se establecen entre la familia, se llama “Diario de una ama de casa desquiciada”.
Es un placer 
Ayer leí la
que a los niños les atiendan sus padres y no una monitora pagada por horas…
No pueden fumar en casi ningún local, los paquetes de tabaco llevan frases lapidarias e incluso fotografías impactantes para conseguir disuadirlos y que no fumen, se han eliminado las campañas publicitarias del tabaco y se han sustituido por campañas anti-tabaco, la señal de prohibido fumar está cada día más presente en el paisaje urbano… Aun así, los fabricantes pueden seguir vendiéndolo y no se ha ilegalizado. ¡Menuda contradicción! ¿Cómo puede existir un acoso tan grande hacia los fumadores si fumar no es ilegal? ¿No es irónico? o peor… ¿No es hipócrita e injusto?
Sí se puede dar el pecho de manera exlusiva porque existen los sacaleches, la hora de lactancia y la santa paciencia de las madres. ¡No es que no se pueda! Se puede. Lo han demostrado muchísimas madres. Aun así, no es nada sencillo y muchas acaban dejando la lactancia o introduciendo alimentos a los bebés desde muy pequeños para poder vivir la separación de un modo más llevadero. Total, parches y más parches porque las madres y los hijos no tienen el suficiente apoyo legal para vivir la maternidad EXCLUSIVA que les pertoca. Y no sólo se trata de comida, también el amor, atención, calor y simple presencia de la madre es fundamental para el desarrollo de los hijos ¿cómo sustituimos algo tan indispensable?

El documental trata de un modo exquisito los dos puntos de vista más destacados: por un lado, el parto totalmente medicalizado, en el que la mujer no participa de una manera consciente, activa y en primera persona en su propio parto; en el otro extremo, el parto en casa con el acompañamiento de una comadrona, un parto no dirigido donde la mujer se siente libre para que las cosas sucedan tal y como ella necesita.
tiene efectos no deseados sobre las madres, los niños y nuestra sociedad en general. Es un buen punto para preguntarnos dónde está el límite de la intervención médica en los procesos naturales del cuerpo.
, pero bastante más calmada. Yo intento que mi hijo no se acerce un pelo a la suya, pero ella ¡venga a arrimarlos! Cuando decido que nos vamos, me doy cuenta que la abuela que quedaba en el banco (y que, por cierto, era la madre de la chillona) estaba la mar de tranquila con toda la prensa que yo había comprado en sus rodillas, leyendo la revista El Jueves que me había comprado, doblando mis páginas… y yo pensé «¿A qué madre me quejo yo de esta abuela maleducada?»